FREDDY
ÑÁÑEZ
1 Todo sujeto o fuerza
política que se decida por la democracia, en el sentido raigal del término, no
sólo acepta las reglas del juego sino que es su deber comprometerse con los
principios que le dan sentido. Quien elige —lo dije en la pasada entrega— es responsable
de las consecuencias de su elección, por lo tanto su voto es un ejercicio libre
que no se agota en sí mismo: su fin es consolidar una verdad común. A su vez,
quienes se postulan como opción tienen que ser veraces en sus propuestas.
Insistimos en que este carácter poliético, lejos de ser una utopía, es en
concreto la esencia misma de la democracia y todo lo que esté en sus márgenes
simplemente merecería otro nombre. La democracia no busca otra cosa que la
construcción de un saber y un interés con el cual se pueda superar lo que se ha
vuelto coyunturalmente irreconciliable. Su motivación es el bien común. Si uno
de estos postulados se falsifica, entonces el principio de elección es
imposible y la idea democrática está destinada a la frustración.







