Fue una verdadera avalancha humana. Esa es prácticamente la penúltima parada en la subida de Los Naranjos del Cafetal, frente al Centro Comercial Galerías Los Naranjos. Eran casi las siete de la noche, y a esa hora normalmente quedamos en la buseta cuatro gatos. Pero esta vez fue diferente: como perseguidos por el demonio, todos los asientos resultaron ocupados en segundos. Un grupo de bachaqueros negoció con el chofer, no les importó pagar doble, ni irse a pasear más allá de lo normal.
No estaban mal vestidos, todos se conocían, edades multivariadas, muchachos y mujeres.
Dos señoras venían desde comienzo del viaje en la buseta, y su tema de conversación en la subida había sido su odisea del día en varios supermercados, el combate por los productos subsidiados, y cómo una de ellas le había pedido permiso a su “patrona” para salir entre semana porque tenía una reunión con sus socios en el kiosko del cual es codueña. Cuando ven subir en un carrerón a los bachaqueros, una pone cara de sorprendida y la otra la aclara: “es que ahora, de repente aparece la gente del Saime para verificar los documentos en las colas de los mercados”.
Tremenda revelación. Quien corre así es porque sus papeles no están en regla.














